LA POESIA DE EDUARDO APODACA
  Iñaki Ezkerra
 

ARTÍCULOS

Eduardo

IÑAKI EZKERRA i.ezkerra@diario-elcorreo.com/

 
Era la única persona que he conocido en el mundo capaz de hablarte seriamente de pájaros y flores sin cursilería, sin caer en el lugar común ni aunque lo mataran, sin resultar previsible, sin afectación ni premeditación, como si fuera el primer ser humano del mundo que hablara de flores y pájaros. Digo 'hablaba' porque Eduardo era el mismo hablando que escribiendo. La poesía no era en él una pose sino su medio natural, su naturaleza, una manera, su manera de ser. Desde que lo conocí -hace treinta años- emprendí con él un diálogo espontáneo en el que los libros y los versos eran una cosa más, algo que entraba en nuestra conversación y salía de ella como los demás asuntos de la vida, sin esfuerzo. Siempre que he pensado en Eduardo y en nuestra amistad me he acordado de un verso de Hölderlin: «Desde que somos una conversación». Siempre me parecía que nuestra conversación era la misma y que se retomaba con naturalidad en el punto donde la habíamos dejado; que no había que explicar nada aunque hubieran pasado meses entre uno y otro encuentro. Y ahora mismo, que llevo tiempo sin verle y que se ha despedido a la francesa de la existencia, sigo teniendo la sensación de que vamos a retomar esa conversación en cualquier momento.

Era el ser menos convencional del mundo pero sin saber que lo era, sin proponérselo, de un modo natural porque los convencionalismos sociales no entraban sencillamente en su campo de intereses y porque su rebeldía no era ideológica sino metabólica, connatural y anterior a lo que los pedagogos llaman 'socialización del individuo'. A Eduardo le preocupaban las flores y los pájaros -como digo- y te hablaba de ellos con una voz y unas palabras y una mirada que siempre parecían nuevas por suyas y por verdaderas; como si te estuviera revelando los orígenes de la poesía. Relacionaba en la conversación los gorriones y petirrojos que había visto en El Arenal bilbaíno con las máquinas, el ajedrez, la física cuántica, el Tour de Francia y el ruiseñor de Coleridge de tal modo que no cabía ninguna concesión costumbrista, ninguna resonancia local. Y así sabía sacar a ese Arenal del espacio y el tiempo para que lo vieras en su esencia, porque también El Arenal tiene su esencia y hay un Arenal arquetípico que es la esencia de todos los Arenales del Universo y que es por el que paseaba Eduardo sin necesidad de morirse como otros.

Yo es que no sé por qué se ha muerto Eduardo Apodaca cuando no lo necesitaba para completar su formación literaria ni para ser más profundo ni para embellecer su leyenda ni para retocar su misterio. Yo esto lo habría entendido en otros poetas que sin la muerte se nos quedan en nada, la verdad, pero no en Eduardo que no era un poeta más sino 'el poeta'.

 

 
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